Publiquemos con editoras

Por Micaela Siskin, técnica en Periodismo, estudiante de Ciencias de la Comunicación Social y  correctora

En la última nota de Las correctoras, publicada el 16 de junio,nos propusimos apoyarla iniciativa #LeamosAutoras. Nuestros lectores participaron compartiendo los nombres de sus autoras favoritas tanto en los comentarios del blog como en nuestra página de Facebook. Esto demostró el gran interés del público por conocer más sobre los aportes de las mujeres a la cultura. Por ello, decidimos profundizar en esta temática. Esta vez destacaremos un sector del mundo de las letras que tiende a estar totalmente insivibilizado: las editoras.

La edición de libros es una tarea silenciosa y casi nunca tiene suficiente crédito en el producto final. La mayor parte de este trabajo es desempeñado por mujeres. Aunque no es un dato muy conocido, cuando leemos un manual, un recetario, una novela o una antología de cuentos, lo más probable es que una mujer lo haya leído antes para supervisar el contenido que llega a nuestras manos. En el imaginario de los lectores, a veces parece que un libro es producido solo por su autor o autores, cuando en realidad muchísimos otros agentes intervienen en el proceso de convertir un manuscrito en un libro. Algunos de ellos son los correctores, ilustradores, diseñadores gráficos, traductores y, por supuesto, editores. Todos ellos son necesarios para que el producto final sea de calidad.

Pero, ¿a qué se dedican exactamente las editoras? Un autor o autora escriben una historia. Las editoras ofrecen un trabajo profesional para hacer de esa historia un libro atractivo para el público. La creación de un libro abarca diversas áreas como seleccionar ideas o manuscritos, supervisar las correcciones y traducciones, diagramar el diseño, seleccionar las imprentas y promover la venta en diversos puntos de los ejemplares una vez terminados. Una edición cuidada garantiza un buen libro.
Un ejemplo de editora en el que podemos pensar es el de Paula Pérez Alonso, quien es escritora de ficción, pero también se desempeña como editora en la editorial Planeta. Según explica en una nota del diario La Nación, el trabajo de los editores o editoras es andrógino. La condición esencial es que quien lo realiza no tenga afán de protagonismo, que esté dispuesto a ser invisible; el buen editor debe olvidarse de sí mismo o de sí misma para poder camuflarse entre los autores o redactores, vivir un rato como si fuese otra persona.

Lamentablemente, es un terreno que, si bien cuenta con más mujeres, la mayor cantidad de cargos de alta jerarquía en las grandes editoriales están ocupados por varones. Este fenómeno se extiende a la mayoría de los campos laborales. Al ser un patrón que se repite, implica que la sociedad subestima el trabajo de las mujeres, se las considera aptas y útiles para trabajar pero no para dirigir. Una manera de buscar un cambio es saber quiénes son las personas que están detrás de los libros que consumimos.

En Las correctoras, tenemos la fortuna de conocer excelentes editoras con las que muchas veces trabajamos en equipo. Una de ellas es Eloise Alemany, quien además de editora es autora y productora cultural. De familia francesa, nació y vivió en Tokio hasta los 17 años. En Londres, adquirió experiencia en el mundo editorial y en comunicación. Durante 6 años desarrolló su carrera profesional en la revista i-D. Desde 2006 está radicada en Buenos Aires y trabaja en proyectos vinculados con la gastronomía, el arte, el diseño y la cultura argentina. En 2009, coinició Noches Grimod, cenas itinerantes inspiradas por algún concepto. Lanzó su propia editorial, Periplo, en 2012 con la publicación de Sabores de la memoria de Ana Pomar. Es autora de varios libros, incluyendo Amarillo limón el sol: Manual para cocina con niños (Periplo Ediciones) y Lo que nos rodea nos refleja (Ed. La Riviere).

¡Eloise tiene una historia de vida sensacional! ¿Cómo podría no ser una editora extraordinaria? Publicar con editoras como ella es otra forma de valorar el trabajo de las mujeres en el arte, la ciencia y la cultura.

Leamos autoras

Por Micaela Siskin, técnica en Periodismo, estudiante de Ciencias de la Comunicación Social y  correctora

Imaginemos una niña en una escuela. Tiene 14 años y va a la secundaria. Le gusta mucho estudiar y siempre obtiene muy buenas notas. La niña está en clase, prestando atención. El profesor o profesora explica los contenidos de la materia: “Para el examen  leerán el libro de López. Desarrolla temas que les interesarán mucho”. La niña no sabe quién es López pero se lo puede imaginar. Si porta un apellido de origen español, entonces quizás sea Andrés López o Juan Cruz López, o tal vez Oscar López. Se arma una imagen mental del tal López sobre la base de sus conocimientos previos en la materia. Entonces el profesor o profesora sigue: “En el libro, ella explica muy claramente su  teoría. Léanla para la clase que viene”. Entonces la niña se sorprende. ¿Cómo no había pensado que quizás López era una mujer? Se da cuenta de que no estaba acostumbrada a leer autoras. A lo largo del año no le habían dado para estudiar textos escritos por mujeres. Ni en esa materia ni en ninguna otra.

La historia de esta niña no es una simple anécdota ni es infrecuente. Es un problema que se da en todas las etapas de la educación formal. Desde que comienzan la escuela primaria, las y los estudiantes entran en contacto con nombres de científicos, artistas y escritores famosos; la mayoría de ellos son hombres. Los aportes femeninos se estudian muy excepcionalmente. Sin duda, una de las áreas en las que no se tiene suficientemente en cuenta a las mujeres es la literatura. Por ejemplo, en Argentina se estudia a Alfonsina Storni como una de las escritoras más importantes de nuestra historia. Pero se la ve como una excepción (¡a pesar de que está muy lejos de serlo!) porque la inmensa mayoría de libros que se leen en la escuela fueron escritos desde una perspectiva masculina. La sociedad no está acostumbrada a las voces femeninas. Quedan en un segundo plano o son representadas en una mínima proporción en comparación con la voz de los hombres, aunque constituyamos la mitad de la población mundial.

¿Será que las mujeres tenemos menos acceso a los medios de producción literaria? ¿O será que se prefiere ignorar y desestimar nuestras producciones? Yo veo un poco de ambas. Si bien, por la situación de desigualdad en la que vivimos desde hace siglos, las mujeres tenemos menos incentivos, menos espacios para escribir y más exigencias, también hay poco interés por nuestro trabajo. Es un problema cultural. Estamos ahí, pero nuestros nombres no resuenan. Cuando pensamos en un buen cuento o en una buena novela no los imaginamos firmados por una mujer. Sin embargo, parte de las obras literarias más populares del mundo son creaciones de mujeres. Virginia Woolf, Mary Shelley y Agatha Christie, por ejemplo, escribieron algunos de los mejores clásicos de todos los tiempos. Latinoamérica también es cuna de autoras excelentes. Selva Almada, Clarice Lispector, Laura Restrepo, Idea Vilariño, Gioconda Belli, Ana María Shua y Rosario Castellanos son solo algunas de ellas. Son mujeres que conjugan un estilo cautivador con temas de extrema relevancia para nuestros pueblos y nuestra historia.

Hay diversas maneras en las que podemos incluir más autoras en nuestra educación y en nuestra formación cultural, tanto del área de la literatura como de las ciencias sociales, la política, la economía o la psicología. Además de tenerlas en nuestras bibliotecas personales, podemos alentar al entorno que nos rodea a que preste atención a las voces femeninas. Llevemos esta inquietud a los ámbitos educativos y laborales. Por ejemplo, cuando cursamos una materia, pidámosles a las y a los docentes que incluyan autoras en la bibliografía. Si dicen que no hay autoras sobre ese tema, ¡entonces no prestaron suficiente atención! Las mujeres estamos en todos lados.

Para quienes les interese conocer más autoras (o compartir a sus favoritas), pueden seguir el hashtag en Twitter #LeamosAutoras. Ustedes, ¿qué autoras recomendarían?