Leamos autoras

Por Micaela Siskin, técnica en Periodismo, estudiante de Ciencias de la Comunicación Social y  correctora

Imaginemos una niña en una escuela. Tiene 14 años y va a la secundaria. Le gusta mucho estudiar y siempre obtiene muy buenas notas. La niña está en clase, prestando atención. El profesor o profesora explica los contenidos de la materia: “Para el examen  leerán el libro de López. Desarrolla temas que les interesarán mucho”. La niña no sabe quién es López pero se lo puede imaginar. Si porta un apellido de origen español, entonces quizás sea Andrés López o Juan Cruz López, o tal vez Oscar López. Se arma una imagen mental del tal López sobre la base de sus conocimientos previos en la materia. Entonces el profesor o profesora sigue: “En el libro, ella explica muy claramente su  teoría. Léanla para la clase que viene”. Entonces la niña se sorprende. ¿Cómo no había pensado que quizás López era una mujer? Se da cuenta de que no estaba acostumbrada a leer autoras. A lo largo del año no le habían dado para estudiar textos escritos por mujeres. Ni en esa materia ni en ninguna otra.

La historia de esta niña no es una simple anécdota ni es infrecuente. Es un problema que se da en todas las etapas de la educación formal. Desde que comienzan la escuela primaria, las y los estudiantes entran en contacto con nombres de científicos, artistas y escritores famosos; la mayoría de ellos son hombres. Los aportes femeninos se estudian muy excepcionalmente. Sin duda, una de las áreas en las que no se tiene suficientemente en cuenta a las mujeres es la literatura. Por ejemplo, en Argentina se estudia a Alfonsina Storni como una de las escritoras más importantes de nuestra historia. Pero se la ve como una excepción (¡a pesar de que está muy lejos de serlo!) porque la inmensa mayoría de libros que se leen en la escuela fueron escritos desde una perspectiva masculina. La sociedad no está acostumbrada a las voces femeninas. Quedan en un segundo plano o son representadas en una mínima proporción en comparación con la voz de los hombres, aunque constituyamos la mitad de la población mundial.

¿Será que las mujeres tenemos menos acceso a los medios de producción literaria? ¿O será que se prefiere ignorar y desestimar nuestras producciones? Yo veo un poco de ambas. Si bien, por la situación de desigualdad en la que vivimos desde hace siglos, las mujeres tenemos menos incentivos, menos espacios para escribir y más exigencias, también hay poco interés por nuestro trabajo. Es un problema cultural. Estamos ahí, pero nuestros nombres no resuenan. Cuando pensamos en un buen cuento o en una buena novela no los imaginamos firmados por una mujer. Sin embargo, parte de las obras literarias más populares del mundo son creaciones de mujeres. Virginia Woolf, Mary Shelley y Agatha Christie, por ejemplo, escribieron algunos de los mejores clásicos de todos los tiempos. Latinoamérica también es cuna de autoras excelentes. Selva Almada, Clarice Lispector, Laura Restrepo, Idea Vilariño, Gioconda Belli, Ana María Shua y Rosario Castellanos son solo algunas de ellas. Son mujeres que conjugan un estilo cautivador con temas de extrema relevancia para nuestros pueblos y nuestra historia.

Hay diversas maneras en las que podemos incluir más autoras en nuestra educación y en nuestra formación cultural, tanto del área de la literatura como de las ciencias sociales, la política, la economía o la psicología. Además de tenerlas en nuestras bibliotecas personales, podemos alentar al entorno que nos rodea a que preste atención a las voces femeninas. Llevemos esta inquietud a los ámbitos educativos y laborales. Por ejemplo, cuando cursamos una materia, pidámosles a las y a los docentes que incluyan autoras en la bibliografía. Si dicen que no hay autoras sobre ese tema, ¡entonces no prestaron suficiente atención! Las mujeres estamos en todos lados.

Para quienes les interese conocer más autoras (o compartir a sus favoritas), pueden seguir el hashtag en Twitter #LeamosAutoras. Ustedes, ¿qué autoras recomendarían?