Entrevista a Romina Mendozi, intérprete del unipersonal “Liviana como una ballena”

Entrevista y fotos: Paola Coler

¿Cómo nació el proyecto de hacer un unipersonal autogestivo?

Valeria Maldonado, la directora de la obra, es mi profesora de clown. Con ella me estuve formando como payasa los últimos cuatro años. Yo vengo de la danza y también soy acróbata, pero con ella logré investigar otras disposiciones. Ella me ayudó a despertar mi lado cómico para poder mixturar la intensidad y no estar siempre tan al límite con el cuerpo. Tuve que aprender a usar la palabra.

Al personaje que creamos para esta obra yo lo defino como una esnob, una “cajetuda” (arrogante) pero de Paso del Rey. Es alguien con quien no me identifico pero que surge en esa búsqueda de la comicidad.

El proyecto nació con la intención de experimentar con mi payasa, así que me junté con Vale y le conté que tenía ganas de poner en escena ese grotesco que había logrado incorporar. Con un café de por medio, charlamos la posibilidad de reírse de los mandatos, los estereotipos y los miedos a la muerte, a la vejez. Si bien la obra no tiene ese ideal, la considero sanadora. Tampoco estoy segura de cómo la percibe alguien que no me conoce, pero también es positivo que los espectadores vean otros matices. Nos llevó dos años de investigación montar este proyecto; nos tomamos nuestro tiempo, que transcurrió con momentos de bastante ansiedad porque me costaba apropiarme del proceso creativo. Por suerte, Valeria cuenta con otro registro y me ayudó a escribir los datos que surgían de la improvisación hasta darle una forma definitiva.

El nombre es muy curioso, Liviana como una ballena. ¿Cómo surgió? La obra tiene diferentes texturas, que van de lo más solemne hasta lo absurdo, que también parecen ser una contradicción como el nombre.

El nombre fue producto de un chiste del asistente de dirección, que una vez me dijo que yo era una pesada porque me ponía muy sensible en los ensayos. Pero la contradicción es efectivamente parte de la obra, al igual que el nombre. Con la intención de suavizar lo que surgía en las improvisaciones, que a veces era muy agobiante, Vale me insistía en aprovechar mis descubrimientos como payasa y que a la vez funcionasen como una vía de denuncia.

Al principio yo creía que nadie iba a querer ver la obra porque era muy densa. De hecho, hay un juego en escena donde me meto en el público y les pido disculpas por haber tomado un rumbo tan oscuro. La propuesta desde la dirección fue romper con esa trama tan pesada con la payasa. Apostamos a la contradicción de lo que estaba pasando como un rumbo estético.

Por otro lado, el acto de incorporar a una persona del público es un riesgo que disfruto. Me pasó más de una vez que algún loco me alzase cuando juego con la música de la película Dirty Dancing ¡Aunque me resisto a encasillarme en un mensaje en el que un hombre sea la salvación! Esa parte de la obra es muy indeterminada y a veces surgen momentos que no coinciden con lo que quería transmitir originalmente.

El feminismo está presente en la obra. ¿Fue un horizonte buscado?

En lo personal a mí me costó mucho aceptar esa tradición femenina. El mandato de la maternidad y ese “¿para cuándo?” Yo no siento el deseo de ser madre y me respeto eso. A la vez tengo un carácter conductor que ya no me cuestiono. Así que fue natural que Liviana como una ballena se construyese desde ese lugar. Con los años dejé de resistirme, antes no lo decía, pero ahora necesito afirmarlo. Soy consciente de que hay momentos de la obra que son más contundentes, como el acto del piloto, que además es una referencia al circo tradicional —Hay una escena en la que Romina se viste con un piloto de lluvia y juega a ser dos personajes en una sola corporalidad. El hemisferio derecho de su cuerpo representa lo masculino, a partir de sus manos y gestos. Al mismo tiempo, su lado izquierdo se evidencia como mujer en sus expresiones faciales—.

Tanto la directora como yo queríamos hablar de la violencia que generaba ese hombre en esa mujer, y se nos ocurrió apelar a un desdoblamiento de mi cuerpo. Empezamos mirando el material que grabamos en las improvisaciones y probando con objetos como un lápiz labial, hasta llegar al anillo de casamiento que es la representación pura de un mandato. Jugamos con ese efecto de extrañamiento entre mis dos manos, pero al mismo tiempo esa mujer que está ahí presente no es Romina. Es una mujer delicada, que también fue una característica que me costó incorporar, no así la sensualidad, que quería que estuviese muy presente. Mi intención era que se notase que la sensualidad solo estaba permitida con ese hombre y en ese vínculo.

El espectáculo es a la gorra. ¿Es una decisión política o es una consecuencia de la crisis?

Yo creo que hacer teatro a la gorra es una decisión política, porque pienso que el arte tiene que llegar a la mayor cantidad de gente posible. Vale quería poner una entrada para que haya un rédito monetario, porque somos una cooperativa. Fue así que durante el primer mes cobramos un precio fijo, pero luego nos volcamos a la gorra. También tenemos un subsidio Proteatro, que lo gestionó Valeria y no solo nos ayudó a financiar el proyecto, sino que también fue una manera de legitimar esta apuesta dentro del circuito teatral.

¿El vértigo del unipersonal es comparable a la adrenalina que puede genera la acrobacia?

¡Bancarse el unipersonal es un vértigo intenso, pero funcionó! A mí me encanta jugar con el público a través de la payasa. Además, el amor que siento cuando me vienen a ver es inmenso. Yo creo firmemente que hay que defender al teatro, porque es un espacio para desarrollar la fantasía. Cuando soy espectadora, trato de permitirme estar en otro lugar y no solo evaluar si la obra es buena o mala. De todas maneras, las devoluciones que tuvimos de Liviana como una ballena fueron muy positivas, tanto de parte de los amigos como de la crítica ¡Cuando estábamos por estrenarla yo temía que me abandonasen! No confiaba en que alguien iba a querer venir a verme.

El final de la obra es mi liberación —En la última escena Romina aparece vistiendo un traje que simula descubrir sus cuatro pechos—. Si bien yo tenía la intención de desnudar mi torso, y sumarlas al par de pechos falsos del vestuario, el roce de mi piel con la tela en la que ejecuto algunas acrobacias podía llegar a lastimarme así que deseché esa idea. Por otro lado, descartamos la desnudez ya que podía llegar a ser un impedimento para que la obra fuese apta para todo público y para presentarla en festivales ¡Pero yo me habría bancado hacer un desnudo!

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